fbpx

¿De verdad ómicron supone el fin de la pandemia de Covid?

Tras dos años desde su aparición, estamos en medio de la sexta ola de Covid-19. Lo sorprendente es, sobre todo, su capacidad para adquirir y corregir mutaciones que acaban dando vida a variantes cada vez más transmisibles. Este fue el caso de la variante Alfa y luego del Delta, y Ómicron es aún más contagiosa. Además, tanto Delta como, en mayor medida, Ómicron, han demostrado ser capaces de evadir la respuesta inmune y por tanto reducir, aunque sea parcialmente, la eficacia de las vacunas, por lo que ha sido necesario recurrir a la administración de dosis de refuerzo para aumentar la protección contra formas graves de la enfermedad.

La mayor capacidad de contagio y el corto periodo de tiempo entre la aparición de un caso y el siguiente confieren a Ómicron una ventaja selectiva frente a otras variantes del coronavirus así como la capacidad de generar un gran número de infecciones en pocos días.

De esto se deduce que, incluso si se reduce la virulencia intrínseca de Ómicron (el riesgo de hospitalización parece ser aproximadamente un tercio del de Delta), el riesgo de congestión de hospitales como de cualquier problema relacionado con la continuidad de algunos servicios esenciales es alto.

Ómicron, según el politólogo Yascha Mounk, marca el comienzo del fin “social” de la pandemia. Pero es demasiado pronto para decir si también puede ser un preludio del final “biológico” de la crisis.

Para explicar lo que está sucediendo, se suele hacer referencia a la “gripe española”, que, sin embargo, fue causada por un virus de la gripe, muy diferente a los coronavirus, y que se manifestó con una sucesión de oleadas epidémicas cada una con características diferentes. Durante la primera ola, que comenzó en marzo de 1918, en el momento de la “Gran Guerra”, predominaron los síntomas clásicos de la gripe y el impacto clínico no fue grave.

La segunda ola, que inició a finales del verano de 1918, fue devastadora, sobre todo entre octubre y diciembre, debido a las altas tasas de neumonía, que a menudo también afectan a los jóvenes y provocan una alta mortalidad. La tercera ola, que comenzó entre diciembre y enero, duró hasta marzo-abril de 1919, pero fue menos virulenta. Lamentablemente, a diferencia de lo que ocurre hoy en día, la falta de tecnología no permitió seguir la evolución del virus desde un punto de vista molecular y por tanto identificar mutaciones que pudieran explicar las diferencias en lo que se definió, con un término imaginativo, como “genio” epidémico.

Si la historia se repitiera una y otra vez de la misma forma, siendo conscientes de la amenaza actual a la salud pública que presenta Ómicron, aún miraríamos hacia el futuro con un optimismo cauteloso. El alivio de los síntomas y la inmunidad de la población provocada por infecciones y/o vacunas son un buen augurio, ya que cualquier variante nueva probablemente se encontrará con una población más resistente.

También es difícil pensar en una nueva variante que pueda propagarse de manera más rápida y eficiente que Ómicron. Sin embargo, queda un margen de incertidumbre, porque se sabe que los virus son extraños y las oportunidades que les ofrece un mundo globalizado en gran parte pobre en recursos y vacunas son muchas.

Con información de El Mundo