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Salud

COVID-19 en el embarazo: los efectos silenciosos en los bebés expuestos

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Durante gran parte de la emergencia sanitaria por COVID-19, prevaleció un mensaje que tranquilizaba a futuras madres y a la comunidad médica: los bebés de mujeres infectadas durante el embarazo casi nunca daban positivo al nacer. La placenta, se afirmaba, actuaba como una barrera infranqueable para el SARS-CoV-2.

Esa narrativa moldeó protocolos clínicos y percepciones públicas, pero con el avance de la pandemia y la aparición de variantes más agresivas —alfa, delta y ómicron—, el panorama comenzó a complicarse. Más gestantes desarrollaron cuadros graves, aumentaron las muertes fetales y surgieron reportes de daños placentarios y patrones inmunológicos atípicos en recién nacidos.

Hoy, a más de cinco años del inicio de la crisis sanitaria, un creciente cuerpo de evidencia científica sugiere que la pregunta correcta no era si el bebé nacía con el virus, sino qué otros efectos pudo haber dejado la exposición intrauterina, incluso en ausencia de infección activa.

La punta del iceberg

“Lo que entendemos como comunidad médica es apenas la punta del iceberg”, advierte Nickie Andescavage, del Developing Brain Institute del Children’s National Hospital en Washington.

Entre 2020 y 2024, aproximadamente 3.4 millones de bebés nacieron en Estados Unidos, de los cuales más de 160 mil tuvieron exposición intrauterina conocida al SARS-CoV-2. Inicialmente, la evaluación se limitaba a pruebas PCR con hisopos nasales en el momento del parto. Si el resultado era negativo, se asumía que no había habido afección.

Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que esa aproximación era insuficiente. En el verano de 2020, especialistas del NewYork-Presbyterian y Weill Cornell Medicine detectaron material viral en heces de recién nacidos cuyas madres habían tenido COVID durante la gestación, a pesar de que las pruebas nasales resultaban negativas. Era una señal temprana de que el virus había llegado al tracto gastrointestinal del bebé en el útero.

Rastros virales en la placenta

En la Cleveland Clinic, la viróloga materno-fetal Jolin Foo analizó tejido placentario, líquido amniótico, sangre del cordón umbilical y sangre fetal. Los resultados revelaron rastros genéticos de COVID-19 en aproximadamente una cuarta parte de las muestras del lado fetal de la placenta, lo que indica que el virus puede atravesar esa barrera con más frecuencia de lo que se pensaba.

El hallazgo más significativo fue la presencia de una proteína viral específica: la ORF8. Más del 60% de las muestras del lado fetal, particularmente de líquido amniótico, contenían esta proteína, que no se replica por sí sola pero puede permanecer en el organismo durante meses después de la infección materna. Su capacidad para desencadenar respuestas inflamatorias prolongadas podría alterar las señales placentarias y afectar el desarrollo temprano de órganos.

Por su parte, un equipo liderado por Zhiyun Wei en la Universidad de Fudan, China, analizó órganos de fetos tras interrupciones de embarazo en el segundo trimestre, en madres que habían cursado la infección. Examinaron más de 500 muestras de 32 tipos de tejido y confirmaron que el SARS-CoV-2 puede cruzar la placenta de forma irregular y en niveles muy bajos. El material viral se concentró especialmente en el sistema digestivo, la tiroides y el timo.

“La participación de la tiroides sugiere un posible vínculo con problemas de neurodesarrollo, dado su papel clave en el desarrollo cerebral fetal”, explicó Wei, quien recomienda vigilancia tiroidea en estos bebés.

Secuelas en el neurodesarrollo

Estudios de seguimiento a largo plazo refuerzan la preocupación. Karin Nielsen, de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), documentó mayores tasas de retraso motor y del lenguaje en niños expuestos prenatalmente al virus, así como señales asociadas al espectro autista.

En el Massachusetts General Hospital, Andrea Edlow analizó más de 18 mil nacimientos y encontró que los niños con exposición intrauterina al COVID-19 tenían un 29% más de probabilidad de recibir un diagnóstico de trastorno del neurodesarrollo antes de los tres años.

Más recientemente, un estudio de 2026 liderado por Andescavage identificó diferencias cerebrales sutiles en las primeras semanas de vida, que posteriormente se vincularon con menores puntajes cognitivos y mayores conductas de ansiedad a los dos años. La investigadora continúa siguiendo a estos niños hasta la edad escolar, etapa en la que es más factible detectar y abordar posibles dificultades.

“Una de nuestras mejores herramientas es la intervención temprana”, subraya.

Matices y advertencias

Los propios investigadores enfatizan que la exposición prenatal al virus no determina resultados adversos de manera inexorable. La mayoría de los niños expuestos se desarrolla con normalidad y los riesgos identificados son, en términos absolutos, relativamente pequeños.

No obstante, los hallazgos desafían la certeza inicial de que un hisopo negativo al nacer equivalía a ausencia de impacto fetal. Además, gran parte de los estudios se realizaron antes de la disponibilidad generalizada de vacunas, cuyo efecto protector reduce la enfermedad materna grave y la inflamación placentaria, procesos hoy vinculados a la exposición fetal.

“Cuando estuve embarazada me vacuné sin dudar”, confiesa Foo, aunque reconoce las dificultades para convencer a algunas mujeres en su momento.

Una historia que no termina

Años después de que la crisis aguda quedara atrás, los científicos advierten que las consecuencias más silenciosas de la pandemia podrían estar aún desplegándose en una generación cuya primera exposición al virus ocurrió antes de nacer.

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