Internacional
El eco de una vieja advertencia global
Por décadas, China enseñó al mundo que nunca volvería a ser humillada. Que jamás permitiría que una potencia extranjera debilitara a su sociedad desde dentro, como ocurrió en el siglo XIX con las Guerras del Opio. Sin embargo, dos siglos después, la pregunta incómoda empieza a surgir en Washington, en Bruselas y también en México:
¿Estamos viendo la misma estrategia… sólo que ahora ejecutada con inteligencia, distancia y negación plausible?
Durante las Guerras del Opio, el Imperio chino fue forzado a abrirse a una droga que destruyó generaciones completas. El opio no fue sólo un negocio: fue un arma económica y social que debilitó al Estado, erosionó su productividad y quebró su cohesión interna. China perdió soberanía, territorio y control.
Esa herida histórica es central para entender a la China moderna
Hoy, el paralelismo es inquietante. El fentanilo está haciendo en Estados Unidos lo que el opio hizo en China: devastar comunidades, colapsar sistemas de salud, reducir esperanza de vida y generar una crisis social profunda. La diferencia es que ahora no hay barcos de guerra ni tratados forzados. Hay cadenas químicas, intermediarios criminales y rutas trianguladas.
Los precursores salen de fábricas chinas.
La manufactura final ocurre en México y Canadá.
El daño se consume en Estados Unidos.
¿Casualidad? Difícil creerlo.
¿Estrategia directa del Estado chino? Probablemente no en forma abierta.
¿Tolerancia, ambigüedad y cálculo geopolítico? Eso sí es evidente.
China aprendió una lección brutal en el siglo XIX: no necesitas derrotar militarmente a tu rival si puedes debilitarlo socialmente. Hoy, mientras Washington debate fronteras, armas y aranceles, enfrenta una epidemia que mata más estadounidenses al año que muchas guerras juntas. Y esa epidemia tiene un origen químico perfectamente identificable.
La gran diferencia con el pasado es la sofisticación.
Antes: opio, cañones y ocupación.
Hoy: químicos legales, cárteles tercerizados y silencio diplomático.
Estados Unidos, que alguna vez usó el comercio como arma, ahora enfrenta su propio espejo histórico. Externalizó producción, relajó controles y confió en que el libre mercado era neutral. No lo es. Nunca lo fue.
Y México queda en medio
Para México, este no es solo un problema de seguridad o salud pública. Es una prueba histórica. O somos parte de la solución —controlando químicos, aduanas y territorio— o quedamos marcados como el eslabón débil de una guerra que no declaramos, pero que sí sufrimos.
La historia no se repite idéntica.
Pero China lo sabe mejor que nadie: la historia rima.
Y hoy, esa rima suena peligrosamente parecido al opio.








