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Irán cumple su promesa: la épica odisea para jugar el Mundial 2026

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Cuando el silbato inicial sonó este 15 de junio en el Estadio Los Ángeles, el empate 2-2 entre Irán y Nueva Zelanda pasó a un segundo plano. Lo que realmente quedó grabado en la memoria de los aficionados fue la historia que precedió a esos 90 minutos: una odisea política, diplomática y humana que llevó a Los Príncipes de Persia hasta la Copa del Mundo, contra todo pronóstico y contra todas las adversidades.

Porque para Irán, llegar a este Mundial no fue solo cuestión de méritos deportivos. Fue una batalla librada fuera de las canchas, en consulados, aeropuertos y salas de negociación, con el fantasma de la exclusión acechando cada paso del camino.

El primer obstáculo: las visas y las restricciones de Trump

La historia comenzó el 25 de marzo de 2025, cuando Irán empató 2-2 con Uzbekistán y aseguró su boleto al Mundial. La euforia duró poco. Apenas unos meses después, el entonces presidente Donald Trump anunció un paquete de restricciones migratorias para ciudadanos de 19 países, entre ellos Irán. Aunque en un primer momento se aseguró que los deportistas estarían exentos, pronto quedó claro que no sería así.

En noviembre de 2025, la Federación Iraní de Fútbol recibió el primer golpe: a varios de sus directivos les fue negada la visa para asistir al sorteo del Mundial en Estados Unidos. La amenaza de boicot no se hizo esperar. “Si no garantizan la presencia de nuestra delegación, no iremos”, advirtieron desde Teherán.

El temor se extendió a los jugadores cuando el presidente de la federación alertó que muchos de ellos, incluido el delantero estrella Mehdi Taremi, habían cumplido su servicio militar en la Guardia Revolucionaria Islámica, lo que los convertía en potenciales blancos de las restricciones estadounidenses.

El ataque del 28 de febrero: cuando todo pareció perdido

El escenario se volvió aún más sombrío el 28 de febrero de 2026. Ese día, Trump ordenó una ofensiva militar conjunta con Israel contra territorio iraní. Los bombardeos dejaron destrucción en varias regiones, incluyendo una escuela donde cientos de menores perdieron la vida. El mundo deportivo contuvo el aliento.

Desde Irán, la Federación comenzó a evaluar seriamente su retiro del Mundial. “Con lo que ocurrió hoy, es improbable que podamos mirar con esperanza al torneo”, declararon fuentes cercanas al organismo. El 11 de marzo, el ministro de Deportes iraní, Ahmad Donyamali, fue contundente: “Bajo ninguna circunstancia jugaremos el Mundial 2026”. La prensa internacional comenzó a especular sobre posibles reemplazos: Irak, Emiratos Árabes Unidos e incluso Italia sonaron como candidatos.

La declaración que encendió la mecha

Pero entonces llegó la declaración que cambiaría todo. Donald Trump, en una conferencia de prensa, lanzó una advertencia que muchos interpretaron como una invitación a la retirada: “La selección de Irán es bienvenida al Mundial, pero realmente no creo que sea apropiado que estén allí, por su propia vida y seguridad”.

Lejos de amedrentarse, la reacción iraní fue de desafío. “Nadie puede decirnos que no vayamos”, respondieron desde la Federación. “Si Estados Unidos nos invita, debe garantizar nuestra seguridad. No permitiremos que nos humillen dos veces”. La decisión estaba tomada: Irán jugaría el Mundial, aunque tuviera que atravesar el infierno para hacerlo.

México, el refugio inesperado

Con las visas en el limbo y la negativa de FIFA a modificar las sedes, la solución llegó desde el sur. Tijuana, ciudad fronteriza mexicana, abrió sus puertas a la delegación iraní como campamento base. La cercanía con Los Ángeles y Seattle —las ciudades donde el equipo debía jugar— hacía viable la logística.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, confirmó que su gobierno había recibido una solicitud formal de la Federación Iraní para mover sus partidos a territorio mexicano. Aunque la FIFA nunca consideró seriamente esa opción, el gesto de solidaridad fue ampliamente celebrado por la afición mexicana.

Pero el problema de las visas persistió hasta los días previos al torneo. Finalmente, el Departamento de Estado estadounidense emitió permisos provisionales que exigían una condición insólita: los jugadores y miembros de la delegación podían entrar y salir de Estados Unidos el mismo día, sin posibilidad de pernoctar en el país. Así, el equipo debía cruzar la frontera desde Tijuana, jugar su partido y regresar inmediatamente a México. Un periplo agotador que ningún otro seleccionado tuvo que enfrentar.

El último golpe: boletos revocados

Cuando parecía que la pesadilla terminaba, los aficionados iraníes recibieron un nuevo mazazo: a días de la inauguración, muchos de ellos vieron cancelados sus boletos para los partidos, a pesar de haberlos adquirido con meses de anticipación. Sin explicación oficial, todo apunta a que las restricciones migratorias de Trump seguían vigentes, afectando incluso a quienes solo buscaban alentar a su equipo desde las gradas.

Un empate que sabe a victoria

A pesar de todo —las amenazas, los bombardeos, las negativas de visa, el campamento en Tijuana, los boletos cancelados y la hostilidad política— Irán salió al campo del Estadio Los Ángeles y empató con Nueva Zelanda. El resultado, en términos deportivos, es anecdótico. Lo que realmente importa es que estuvieron allí.