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Chihuahua

La pregunta que Chihuahua debe hacerse: ¿seguir exportando becerros o empezar a exportar más carne?

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Por Referente

Chihuahua lleva décadas entendiendo la ganadería desde una lógica muy clara: producir becerros de calidad, cruzarlos a Estados Unidos y aprovechar una cadena comercial que históricamente ha funcionado. Para miles de productores, esa no es una teoría económica: es su ingreso, su patrimonio y la forma en que se sostiene buena parte del campo chihuahuense.

Pero las crisis tienen una virtud incómoda: obligan a hacer preguntas que en tiempos normales se posponen.

Y hoy la pregunta es directa: ¿debe México seguir apostando casi todo a la exportación de ganado en pie o debe iniciar, de manera gradual y estratégica, una transición hacia la exportación de carne con valor agregado?

No se trata de cancelar la exportación de becerros. Sería irresponsable plantearlo así, sobre todo en Chihuahua, donde la ganadería de exportación es una de las actividades más importantes del sector rural. El punto es otro: si el modelo depende demasiado de una sola frontera, de una sola decisión sanitaria y de una sola autoridad extranjera, entonces el problema no es únicamente el gusano barrenador. El problema es la vulnerabilidad estructural.

Durante años, el norte de México operó bajo una lógica muy cercana al sistema norteamericano: zonas libres, protocolos estrictos, movilización vigilada y un mercado estadounidense que absorbía una parte fundamental del ganado joven. Esa lógica permitió construir una reputación sanitaria y comercial que no debe perderse.

Pero el escenario cambió.

El regreso del gusano barrenador del ganado modificó la conversación. Primero fue el sur de México. Después vinieron las restricciones. Luego la presión sobre los estados exportadores. Y ahora, con detecciones también del lado estadounidense, queda claro que la plaga ya no puede leerse como un problema aislado de una región. Es un fenómeno regional, económico y político.

Ahí es donde aparece una comparación incómoda, pero necesaria: Sudamérica.

En buena parte de los países sudamericanos el gusano barrenador existe, se atiende, se controla y se incorpora a los sistemas de movilización pecuaria. No significa que se le minimice. Significa que el comercio no se paraliza esperando que la realidad sea perfecta. Brasil, Argentina, Uruguay y otros países han desarrollado cadenas cárnicas con capacidad exportadora aun conviviendo con riesgos sanitarios permanentes. Su apuesta no ha sido únicamente mover animales vivos; ha sido industrializar, certificar, procesar, empacar y vender carne al mundo.

México debería observar esa lección con seriedad.

Porque mientras el debate nacional se concentra en cuándo se abre o se cierra la frontera, la pregunta de fondo debería ser qué hacemos para no depender tanto de ese semáforo. Chihuahua no puede vivir atrapado entre la sequía, el precio del becerro, el cierre fronterizo y la incertidumbre sanitaria. El estado necesita defender la exportación de ganado en pie, sí, pero también necesita construir una segunda vía de valor.

Esa segunda vía tendría que pasar por corrales de engorda, infraestructura de sacrificio, empacadoras certificadas, trazabilidad, sanidad, frío, logística, financiamiento y acuerdos comerciales. No es una ocurrencia. Es una política industrial agropecuaria.

El problema es que México suele discutir estos temas como emergencia, no como estrategia. Se reacciona cuando Estados Unidos cierra. Se presiona cuando el precio cae. Se convoca cuando el productor ya está asfixiado. Pero falta una visión de largo plazo: convertir una crisis sanitaria en una oportunidad de integración productiva.

Imaginemos un modelo distinto.

Ganado del sureste movilizado bajo protocolos estrictos hacia zonas de engorda en el centro y norte del país. Corrales modernos con financiamiento competitivo. Productores de granos vinculados mediante contratos justos y precios preestablecidos. Empacadoras con certificaciones internacionales. Estados del norte aprovechando su experiencia sanitaria, su cercanía logística y su cultura ganadera para vender no solo animales, sino carne mexicana con marca, origen y valor agregado.

Ese modelo no sustituye al productor de becerro. Lo fortalece, porque abre más salidas comerciales. Tampoco compite necesariamente contra la exportación en pie. La complementa. Un país ganadero serio no debería tener una sola puerta. Debería tener varias.

Para Chihuahua, esto es especialmente importante. El estado tiene tradición, genética, productores, reputación y ubicación. Lo que no tiene todavía es una política suficientemente agresiva para capturar más valor dentro de su propio territorio. Exportar becerros significa vender potencial. Exportar carne significa vender transformación.

La diferencia no es menor.

Cuando un becerro cruza la frontera, también cruza una parte del valor que pudo haberse quedado en México: engorda, alimento, empleo, sacrificio, empaque, refrigeración, transporte, certificación, marca y margen comercial. Cada eslabón que no se desarrolla aquí se desarrolla en otro lado. Cada crisis fronteriza nos recuerda cuánto dependemos de decisiones tomadas fuera del país.

Por supuesto, la transición no es sencilla. Requiere capital, sanidad, confianza, reglas claras y coordinación entre productores del norte y del sur. También implica reconocer un conflicto de intereses real: para muchos ganaderos del norte, la prioridad inmediata es reabrir y sostener la exportación; para regiones del sur, donde la dinámica productiva y sanitaria es distinta, las prioridades pueden ser otras. Pero precisamente por eso se necesita un gran acuerdo nacional.

No un discurso. Un acuerdo.

Un acuerdo que entienda que la sanidad no puede negociarse, pero tampoco puede usarse como excusa para inmovilizar al campo. Un acuerdo que proteja los hatos libres, pero que también construya corredores controlados. Un acuerdo que combine erradicación donde sea posible, control donde sea necesario y comercio inteligente en todo momento.

México no debe resignarse al gusano barrenador. Pero tampoco puede diseñar su futuro esperando que desaparezca mágicamente. La realidad exige una estrategia más madura: convivir con el riesgo sin normalizar la negligencia; sostener protocolos sin matar el comercio; defender la frontera sin abandonar la industrialización.

Chihuahua tiene mucho que perder si la conversación se queda en el corto plazo. Pero también tiene mucho que ganar si decide liderar la siguiente etapa de la ganadería mexicana.

Porque el futuro del campo no puede depender únicamente de cuántas cabezas cruzan esta semana.

Debe depender de cuánto valor somos capaces de producir, procesar y vender desde aquí.

La pregunta no es si México debe dejar de exportar ganado en pie.

La pregunta es por qué, después de tantos años de experiencia ganadera, todavía no exportamos mucha más carne con valor agregado.

Y esa discusión, aunque incomode, ya no puede esperar.

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