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El impacto que generó el 11-S en América Latina y Europa

El impacto en América Latina y el Caribe de los atentados que la organización terrorista Al-Qaeda lanzó el 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos transitó de una inmediata solidaridad regional con Washington, con un repudio a los agresores, a un choque por el empeño de la Casa Blanca de arrastrar a sus vecinos de la zona a sus posteriores operativos bélicos en Irak.

El ataque coincidió con un hecho histórico en el hemisferio occidental: en solidaridad con EU y de censura al terrorismo, la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) aprobó el 11-S en Perú, con rapidez y por consenso, la Carta Democrática Interamericana como pieza esencial para defender la democracia y los derechos humanos en América.

Pero tras este apoyo vino el roce de EU con América Latina y el Caribe por su reticencia a respaldarlo en la coalición de la guerra que inició en Irak en 2003.

“En Lima se vio una inmensa solidaridad de todos los países de la OEA con EU y de condena al terrorismo”, recordó el diplomático boliviano Jaime Aparicio, exembajador de Bolivia en la OEA y, en septiembre de 2011, asesor del secretario general de turno del organismo, el expresidente colombiano César Gaviria. Los países de la OEA estuvieron de acuerdo “esos días con los ataques de EU a Afganistán. No hubo condena: se consideró que EU actuaba en defensa de sus intereses ante semejante agresión” y en represalia al régimen afgano, entonces dominado por los talibanes, por albergar a la estructura de Al-Qaeda que ejecutó los ataques el 11-S, dijo Aparicio.

“El punto de quiebre que dañó esa solidaridad y los lazos con las naciones de la OEA vino con la decisión de EU de iniciar el ataque militar” el 20 de marzo de 2003 que derrocó ese año al régimen del entonces presidente de Irak, Saddam Hussein, con el falso alegato de que Bagdad poseía armas de destrucción masiva y nexos con Al-Qaeda, mencionó.

“Muchos países de América rechazaron esa estrategia contraproducente para EU. Funcionarios de EU los amenazaron con paralizar o suprimir la cooperación militar de Washington, sobre todo en América del Sur, si se negaban a integrar la coalición de guerra en Irak. Ese capítulo se cerró. Sus repercusiones afectan hasta hoy día”, alegó.

Los atentados de hace 20 años inquietaron a Cuba por ser la única nación de América Latina y el Caribe que en 2001 estaba en la lista de EU de países patrocinadores del terrorismo. Cuba entró al listado en 1982, salió en 2015 y retornó en 2021. Presionado por la ola global antiterrorista por el 11-S, el entonces presidente cubano, Fidel Castro, informó a la Organización de Naciones Unidas (ONU) que Cuba decidió ratificar los restantes nueve de los 12 tratados internacionales de combate al terrorismo internacional emitidos por ese foro mundial a los que le faltaba adherirse.

EU inició el 7 de octubre de 2001 las hostilidades bélicas sobre Afganistán, en una acción cuyo efecto involucró a Cuba. Washington y La Habana debieron abrir una vía de contacto militar, político y diplomático por la tarea que las fuerzas armadas estadounidenses iniciaron en enero de 2002 para llevar a la base naval de Guantánamo, en el oriente cubano, a los talibanes y miembros de Al-Qaeda como prisioneros de guerra.

Sin renunciar a su permanente reclamo de soberanía en Guantánamo para que EU devuelva a Cuba a esa zona que empezó a ocupar a partir de 1903, La Habana admitió en enero de 2002 que Washington le informó del puente aéreo que organizaría en Afganistán para movilizar a centenares de presos hacia esa instalación.

Como gobernante de una nación satélite y dependiente de la entonces Unión Soviética, Castro debió callar y nunca pudo repudiar las intervenciones soviéticas en Afganistán en 1979 y en Checoslovaquia en 1968. En marzo de 1980, y tras meses de silencio, Castro defendió la invasión soviética a Afganistán y acusó a EU de provocarla. Castro repudió la de EU a Afganistán y nunca dejó de acusar que la Casa Blanca transformó a Guantánamo en nido de violaciones de los derechos humanos de los reos de guerra por parte de soldados estadounidenses.

EUROPA, DE LA DEBILIDAD A LA GUERRA

La guerra contra el terrorismo islámico declarada hace dos décadas marcó la relación entre EU y el bloque europeo, al tiempo que trastocó la “armonía” en la población musulmana europea y llevó a la Unión Europea (UE) a no ignorar jamás una amenaza latente.

El desprecio del entonces presidente George W. Bush hacia Europa, al arranque de la campaña contra el terrorismo en Afganistán en 2001, sembró la semilla de la discordia entre los aliados y dejó entrever que para los estadounidenses los europeos eran débiles.

Luego de ver cómo Bush malgastó el liderazgo moral que recibió tras el 11 de septiembre con su intervención en Irak, a los europeos, principalmente a Francia y Alemania, les quedó claro que EU era una potencia que ve enemigos por todas partes y que las leyes y normas internacionales no le eran impedimento para el uso de la fuerza militar y la aplicación de sus propios métodos.

Europa, urgida de mostrar solidaridad con su “aliado herido”, aprendió la lección desatendiendo su esencia, la de respeto al Estado de derecho.

Desde los ataques en suelo estadounidense, los europeos mantienen la guardia en alto ante la amenaza yihadista. Después de Nueva York y Washington, siguió la estación de trenes de Madrid el 11 de marzo de 2004 y el sistema de transporte de Londres, el 7 de julio 2005.

La Corporación RAND estima que entre 2004 y 2016 el terrorismo costó a la UE, en términos de pérdida de PIB, 185 mil millones de euros y 5.6 mil millones en muertes, heridos y destrucción de infraestructura. La Unión se dotó de herramientas contra el terrorismo. Su combate recibió un rostro con la creación del coordinador antiterrorista.