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Fracking: la técnica que revolucionó la energía, pero que enfrenta un debate ambiental sin tregua

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Quizás haya escuchado el término en alguna conversación sobre energía o medio ambiente. Tal vez lo haya visto en titulares que alertan sobre sus riesgos o en otros que destacan sus bondades económicas. El fracking, abreviatura de fracturación hidráulica, es una de las técnicas de extracción de hidrocarburos más controvertidas de las últimas décadas. Y aunque no es nueva —sus orígenes se remontan a mediados del siglo XX—, el debate sobre su uso sigue más vigente que nunca.

¿En qué consiste exactamente?

Sin adentrarnos en los complejos detalles de la ingeniería de pozos, el fracking se puede resumir en un proceso que desafía lo que ocurre en el subsuelo: se perfora el terreno de manera vertical y, luego, horizontalmente, para alcanzar formaciones rocosas profundas donde el gas o el petróleo se encuentran atrapados.

Una vez que se llega a la zona objetivo, se inyecta a alta presión una mezcla de agua (millones de litros), arena y sustancias químicas. La fuerza del líquido fractura la roca, creando pequeñas grietas que liberan los hidrocarburos, los cuales ascienden a la superficie y son recolectados.

Esta técnica ha sido utilizada en Estados Unidos, Canadá, Argentina, Reino Unido y también en México, donde ha abierto la posibilidad de explotar yacimientos no convencionales que antes eran inaccesibles.

La promesa económica frente al riesgo ambiental

Quienes defienden el fracking destacan su capacidad para acceder a reservas que de otro modo permanecerían intactas, reduciendo así la dependencia energética de otros países y, en el corto plazo, abaratando el costo de los combustibles.

Sin embargo, los detractores advierten que el precio a pagar por ese beneficio temporal es demasiado alto para el planeta.

Terremotos, agua contaminada y fracturas permanentes

Uno de los señalamientos más recurrentes es que la fracturación del subsuelo genera microsismos y, en algunos casos, terremotos de mayor magnitud. Las fallas inducidas por la inyección de fluidos pueden reactivar fallas geológicas latentes, poniendo en riesgo a comunidades enteras.

Pero quizás el impacto más preocupante sea el que ocurre a nivel invisible: los mantos acuíferos. La inyección de sustancias químicas —algunas de ellas tóxicas y con componentes no revelados por las empresas— puede filtrarse y contaminar fuentes de agua subterránea de las que millones de personas dependen. A esto se suma el consumo desmedido de agua dulce en regiones que ya sufren por la escasez.

Un debate abierto y sin consenso

El fracking no es ilegal en México, pero su regulación ha sido objeto de debate en el Congreso y en las calles. Mientras la industria petrolera defiende su uso como una herramienta estratégica para la soberanía energética, organizaciones ambientales exigen su prohibición total.

Mientras tanto, países como Francia, Alemania o Bulgaria ya han prohibido esta técnica en sus territorios, mientras que otros, como Estados Unidos, la han adoptado masivamente.

Lo cierto es que el fracking llegó para quedarse… al menos por ahora. La pregunta que sigue abierta es si el costo ambiental que implica es un precio que estamos dispuestos a pagar.