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Polémica en el Mundial 2026: Bélgica impugna la habilitación de Balogun tras una inédita intervención de Trump ante la FIFA
Lo que debía ser un duelo de octavos de final entre dos potencias futbolísticas se ha transformado en un escándalo diplomático sin precedentes en la historia de los Mundiales. La decisión de la FIFA de levantar la tarjeta roja al delantero estadounidense Folarin Balogun —tras una gestión personal del presidente Donald Trump ante el máximo organismo— ha desatado una tormenta de indignación en Bélgica, que este lunes enfrenta a Estados Unidos con la elegibilidad del atacante como telón de fondo.
La Real Asociación Belga de Fútbol no ocultó su estupor. En un comunicado oficial, la federación aseguró que no ha recibido “ni la decisión de la FIFA ni ninguna explicación sobre este asunto”, por lo que anunció que impugnará la habilitación del jugador. “En estas circunstancias, no nos queda más remedio que impugnar la elegibilidad de Balogun para el próximo partido”, sentenciaron, advirtiendo que estudian acciones legales y deportivas “para salvaguardar los derechos legítimos de todos los equipos participantes y proteger los principios fundamentales del juego limpio”.
El malestar trascendió las fronteras del deporte y escaló al corazón político de Bruselas. Georges-Louis Bouchez, líder del MR, uno de los cinco partidos que integran la coalición de gobierno, lanzó un mensaje desafiante en redes sociales: “Pueden anular todas las tarjetas rojas del mundo. Los belgas son los más valientes y van a ganar”. La oposición tampoco se contuvo. El Partido Socialista calificó la resolución como “una vergüenza” y sentenció: “Cuando el dinero impone las reglas, el Mundial pierde toda credibilidad”.
El precedente es histórico y, para muchos, inquietante. La última vez que una expulsión fue revocada en una Copa del Mundo ocurrió en 1962, cuando gestiones políticas permitieron que el brasileño Garrincha disputara la final del torneo en Chile. Ahora, la FIFA ha repetido la excepción, aunque con un ingrediente adicional: según informó The Athletic, el organismo otorgó a Bélgica el derecho de apelar, un gesto que no alcanza a calmar los ánimos en un país donde el fútbol es prácticamente el único lazo que une a una nación dividida por lenguas y coaliciones.
En Flandes y Valonia, el descontento es transversal. Yvan Verougstraete, líder de Les Engagés —otro socio de la coalición gobernante—, ironizó con crudeza: “Es asombroso cómo una tarjeta roja de pronto pasa a ser ‘injusta’ cuando interviene Trump”. Acompañó su mensaje con un video generado por inteligencia artificial en el que se ve a Balogun mostrando una fotografía del mandatario estadounidense tras ser expulsado, una burla que se ha vuelto viral.
Mientras el ruido político aumenta, en la cancha late un partido con alma de final anticipada. Bélgica, con sus 12 millones de habitantes, enfrenta lo que muchos consideran el último baile de su generación dorada. Tras el tercer puesto en Rusia 2018, figuras como Kevin De Bruyne y Romelu Lukaku saben que este Mundial puede ser su despedida sin el trofeo que persiguieron durante una década. La suspensión de Balogun, primero, y su sorpresiva habilitación, después, han agregado un ingrediente de injusticia percibida que los Diablos Rojos pretenden convertir en combustible.
Del lado estadounidense, la defensa de la decisión ha sido diplomática pero firme. Bill White, enviado de Estados Unidos a Bélgica, aseguró que Trump “nunca interferiría en el funcionamiento interno de la FIFA”, aunque reconoció que “hay demasiado en juego como para permitir una decisión equivocada”.











